PRINCIPIOS DE SANTIDAD DE LA IGLESIA DE DIOS (1994)

Los cimientos de la Iglesia de Dios descansan sobre los principios de la santidad bíblica. Aún antes de que experimentara el derramamiento del Espíritu Santo, sus raíces estaban conectadas con el avivamiento de santidad del siglo pasado. La iglesia fue y sigue siendo una iglesia de santidad, tanto en nombre como en práctica.

     El paso de 90 años no ha disminuido nuestra convicción sobre la santidad. Por el contrario, los años han fortalecido nuestra posición de que sin santidad nadie verá al Señor.

     Hacemos conciencia de que las Escrituras nos exhortan a examinar nuestro corazón en todo momento. La constancia de la vida santa así lo requiere. La condición de nuestros días lo demanda desesperadamente. La sutil intromisión de la mundanalidad es una amenaza real y constante contra la iglesia. Debemos, por lo tanto, tener cuidado, no sea que empecemos a conformarnos al mundo, o que el amor por las cosas mundanas eche raíz en nuestro corazón, para luego manifestarse en los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida.

 

Por estas razones, presentamos lo siguiente:

 

POR CUANTO la Iglesia de Dios, históricamente ha sido y es una iglesia de santidad; y

 

POR CUANTO somos amonestados por las Escrituras a que seamos santos; y

 

POR CUANTO una ola de mundanalidad amenaza a la iglesia;

 

RESUÉLVASE, POR LO TANTO, que nosotros, la Iglesia de Dios, reafirmamos nuestra norma de santidad, en doctrina, en principios de conducta y como una realidad vital en nuestro corazón.

 

RESUÉLVASE, ADEMÁS, que la Iglesia de Dios cree que la vida de santidad mantiene un equilibrio entre el espíritu, la mente y el cuerpo, y que coloca al creyente en una posición que refleja a Cristo, en su relación con Dios y con sus semejantes.

 

RESUÉLVASE, ADEMÁS, que como ministros, debemos mantener estas normas de santidad en nuestra vida, en nuestro hogar y en nuestro púlpito.

 

RESUÉLVASE, ADEMÁS, que  volvamos a consagrar nuestra vida, como ministros y miembros, a este fin; que procuremos no conformarnos al mundo en apariencia, ambiciones egoístas, asociaciones perversas o actividades carnales.

 

RESUÉLVASE, FINALMENTE, que como ministros y miembros, busquemos ajustarnos a las virtudes positivas del amor, la misericordia y el perdón, según lo enseñó Jesucristo. 

Historia

Por más de 125 años, la Iglesia de Dios ha sido un movimiento dedicado a la predicación del evangelio bajo el poder del Espíritu Santo. En la actualidad, su membresía mundial sobrepasa los 7 millones a través de casi 180 países.

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Nuestro recinto

Las Oficinas Internacionales de la Iglesia de Dios radican en la esquina de las calles Keith y 25 de la ciudad de Cleveland, Tennessee.